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Albert
Britch, era consciente de que las fotos que tenía desparramadas sobre su
escritorio, representaban un cambio muy importante en su vida y en la de su
familia. Las observaba una y otra vez -alternándose por la fecha en que fueron
tomadas- y su mente y corazón, se negaban a creer que fuera verídico.
No
lo creyó posible cuando su abogado se lo había informado por teléfono y ahora
-con la evidencia frente a el-, le resultaba igualmente inverosímil. Apartó su
atención de las imágenes y se dedicó a escrutar el rostro de su representante,
buscando una explicación a lo que estaba observando.
-¿Estás
completamente seguro?
-Es
lo mejor que hemos conseguido en años.
Ante
la vehemente afirmación, Albert se levantó de su sillón de cuero y buscó con
los ojos la botella de wiski más cercana, para enseguida llenar dos vasos con
una generosa cantidad. Colocó cuatro cubos de hielo en cada copa y absorto en
sus pensamientos, se dedicó a envolverlas en servilletas de algodón verde.
Distraído,
le tendió una a Henry –su abogado- y luego se dejó caer sobre el sofá de su
oficina, mientras saboreaba el anhelado licor. Lo embargó una docilidad
desmedida, en el momento en que el denso líquido tocó su lengua y el calor del
mismo atravesó su garganta. En ese momento nada le pareció tan consolador y
alentador, como esa copa en su mano derecha.
-¿Dónde
fueron tomadas?
-En
Francia. Hace dos semanas -respondió sin más.
A Henry
le pareció inquietante que su jefe reaccionara de forma tan impresionable por
la reciente noticia y como no obtuvo una respuesta de su parte, se atrevió a hacérselo
saber.
-No
pareces muy feliz –advirtió.
Albert
tardó unos segundos en responder y cuando lo hizo, se negó a despegar sus ojos
del cristal.
-Sinceramente,
no sé qué decir al respecto –confesó-. He esperado esto durante años y ahora,
me parece mentira haberla encontrado.
-No
estamos cien por ciento seguros, de que sea ella –se apresuró a decir-. Pero
según las pistas que tenemos, es lo más probable.
El
mayor asintió con la cabeza, desubicado.
-Mi
esposa quedará destrozada, si se trata de otra farsa –levantó la vista-. Pero
es inevitable que se entere. ¿No es así?
-En
efecto –coincidió con él.
Albert
se levantó de su lugar, con expresión disconforme.
-¡Háblame
de ella! –Ordenó más que pidió- ¿Qué es lo que te tiene tan convencido?
-En
primer lugar, está el reporte de su archivo –comentó, mientras revisaba sus
notas-. Fue encontrada hace seis años vagando cerca del rio Sena y cuando le preguntaron
su nombre, admitió que no lo recordaba. Un suceso traumático debió causar que
perdiera la memoria y actualmente, no ha habido avances en su recuperación. Lo
único que se sabe con seguridad, es que es inglesa. En todo el sentido de la
palabra.
El moreno
no quedó satisfecho.
-¿Algo
más? –Presionó- ¡Debes darme algo más concreto!
-Las
fechas coinciden –anunció-. Fue encontrada un día después, de la muerte de tu
cuñada. ¿Necesitas algo más concreto? –Retó.
Aturdido
por la información recibida, Albert se tambaleó torpemente hasta su sillón y
allí se dejó caer. Su mano tembló levemente antes de conseguir agarrar una de las
fotografías sobre el escritorio y esta vez –al mirarla- su expresión fue muy
diferente a la anterior. Acarició la delgada lámina con mimo y reconoció que la
joven que tenía frente a él, tenía todas las características que había estado
buscando. El porte, su sonrisa e incluso la palidez de su piel, le resultaban
inquietantemente familiares.
-No
tienes ni idea, de cuanto he rezado por esto –habló como si solo esa
fotografía, fuera testigo de sus palabras.
-Aun
no estamos seguros de nada, Al. Sera necesaria una prueba de ADN, antes de
tomar ninguna decisión.
-¡No
seas aguafiestas, hombre! –Regañó- ¡Déjame disfrutar de la sensación de
triunfo, por una vez!
-Mi
trabajo no es hacerte feliz, sino ponerte los pies sobre la tierra –dijo con expresión
seria-. Mejor piensa en cómo le darás la noticia a Anabel.
¡Anabel!
¡Por supuesto que no se había olvidado de Annie!
Era
la tía biológica de Evelin y por encima de todo, era su esposa. La única de la
familia mediante la cual sería posible verificar la identidad de esa pequeña y
sin embargo, era también la más renuente al tema.
Tras
años de mentiras y sabotajes, ya habían perdido la cuenta de cuantos caza
fortunas aseguraron haber encontrado a Evelin.
Afortunadamente,
la tecnología de su tiempo desmentía esas afirmaciones; pero las niñas que
llegaban allí, se marchaban heridas y avergonzadas. Todas y cada una de ellas
habían deseado encontrar una familia, pero al final todo resultaba ser una gran
farsa.
Lo
peor de todo, fue la reacción de su esposa ante tantas artimañas.
Entre
lágrimas y arranques de ira, se negaba a recibir a una inocente más, porque
ella no deseaba ver más miseria por parte de nadie y mucho menos, deseaba
seguir haciéndose falsas ilusiones. La última jovencita había sido tan dulce y
atenta, que escuchar de parte de un profesional que la prueba resultó ser negativa, les había dejado destrozados.
¿Cómo
recibiría ahora la noticia, de que había una nueva candidata al nombre?
-¡No
me hagas esto, Henry! -Suplicó- ¿No habrá alguna forma de hacerlo, sin que se
dé cuenta? ¡Tal vez con un mechón de pelo!
-Puede
ser –admitió el rubio de ojos verdes-. ¿Pero realmente quieres mentirle a Annie?
-¡No
quiero hacerlo! Pero si nos equivocamos otra vez, sería como acabar de
rematarla.
-Deja
que sea ella quien decida, Al. No estamos tratando con una niña.
Henry
además de ser el abogado de los Britch, también era íntimo amigo de la familia.
Razón por la cual, se tomaba la libertad de opinar sobre el tema.
-No
soportaría verla sufrir, una vez más. Se culpa de todo lo referente al tema y
se autoproclama, única responsable de Evelin –confesó-. No fue culpa suya y aun
así, le remuerde la conciencia no ser capaz de cuidar de ella.
-¡Dale
la oportunidad de demostrarse a sí misma, que puede superar esto! Además, para
obtener una autorización del orfanato, debe ir ella personalmente. Me he estado
documentando y al parecer en Francia, el procedimiento es diferente. Se supone
que el examen de sangre se llevara a cabo en el propio orfanato y la niña,
estará presente a la hora del veredicto.
-El universo
no desea que yo sea feliz –dijo dramáticamente.
Henry
ignoro el comentario y decidió que era hora de irse.
-Lamento
decirlo, pero debo retirarme -Se levantó de su lugar y le extendió la mano a
Albert.
-¿Tan
pronto? –Dijo, mientras se la estrechaba.
-Vendré
mañana a primera hora para escuchar tu decisión; así que tienes poco tiempo
para decírselo -se burló.
-No
me presiones, por favor -pidió con pesar.
El
hombre sonrió.
-Te
deseo suerte.
Le palmeó
el hombro con simpatía y se dispuso a retirarse. Pero justo cuando estaba por
alcanzar la puerta, fue bruscamente detenido.
-¡Un
momento!
Se dio
la vuelta para ver de qué se trataba y vio a su compañero de toda la vida,
mirarlo con curiosidad.
-¿Necesitas
algo más?
-¡Olvidaste
decirme su nombre! –Señaló intranquilo.
Henry
se sobresaltó.
-¡Oh,
vaya! Lo siento -se disculpó, alarmado por olvidar ese pequeño detalle-. Su
nombre es…
Rebuscó
entre los folios de su maletín y rezó en voz alta, el nombre de la supuesta
heredera.
-… Natalie.
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